La UASD, una academia de vocación solidaria


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Por Juan Y. Guerra Rodríguez

La UASD ha iniciado un nuevo semestre en el 2020, el segundo en su calendario académico. ¿Qué tiene de particular este semestre? En primer lugar, que se ha iniciado bajo la presencia y continuación del flagelo viral de la COVID-19, declarada pandemia por los organismos mundiales de la salud OMS y OPS desde marzo pasado. Esta circunstancia marca una nueva era en la historia ya dilatada de esta academia que el 28 de este mes arribará a su 482 aniversario.

En segundo término, otro elemento que marca un hito en la historia de la universidad estatal es el hecho de haber iniciado su docencia enteramente en la virtualidad. Un gran salto y un desafío sobre todos los pronósticos dada la estructura de megauniversidad de la misma, con alrededor de doscientos mil estudiantes de grado y postgrado. Y si a esa cantidad se le añade la matrícula de maestros, empleados y jubilados con carga académica fácilmente se podría hablar de más de 215 mil seres humanos interactuando en sus espacios. Precisamente, ese es el desafío que enfrentan las autoridades académicas para sostener y dar soporte a la plataforma que ha sido reforzada para cumplir con ese objetivo.

Esta academia cumple con varias funciones a la vez para satisfacer su vocación de organismo social y cultural de la República Dominicana. Dentro de esas funciones cumple con la de dar a la sociedad el mayor número de investigaciones realizadas cada año. Asimismo, esta institución egresa de sus aulas a miles de ciudadanos que ocuparán un lugar digno y eficiente dentro de los puestos de trabajo. Y otro rol no menos importante de esta academia es de servir de modelo, guía y soporte en los diversos temas nacionales a quienes deben tomar decisiones.

Entre todos, un rasgo distintivo que caracteriza a la Primada de América es su vocación solidaria. Dentro de sus espacios en los diversos departamentos, facultades, escuelas, institutos, etc. lo que se respira es pura solidaridad. En ese sentido, podemos citar las facilidades de estudio de que gozan nuestros estudiantes con un costo del creditaje sumamente barato, así como otras facilidades de costos por certificaciones, records de notas, de graduación, entre otros. Sin embargo, la circunstancia actual ha traído una nueva realidad: el costo de la virtualidad. Este costo es tecnológico. Eso supone gasto adicional para la economía familiar de los miles de estudiantes, cuya procedencia es de escasos recursos materiales y económicos. Esto está planteando otro reto a los padres de familia y a sus ya diezmados bolsillos, pero también a jóvenes que estudian y trabajan y que han formado familia.

La universidad Autónoma cuenta en su estructura, no solamente con las finanzas que se colecta de los pagos por servicios, sino de una buena partida por parte del Estado, aunque esta no es la justa, ya que debiera ser de un 5% del llamado Presupuesto Nacional por ley. Además, la institución estatal cuenta con varias cooperativas que dan servicio y coayudan económicamente a sus docentes y empleados, mayormente. Esa apertura aún no se ha extendido a los estudiantes. Me parece que es el momento de hacerlo. Y en ese sentido, las cooperativas junto a las autoridades universitarias debieran buscar mecanismos con el MINERD y el MESCyT para proveer facilidades a los estudiantes en la adquisición de sus dispositivos tecnológicos que les permita tomar una clase virtual con dignidad y sosiego.



El autor es profesor universitario de Letras con master en Educación Superior, filósofo y aspirante a un Phd.

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